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Ecos del intento de asalto.

Recupero un texto que Gabriela Warkentin publica en El Universal a partir de la mala experiencia de la semana pasada.

PARA SECUESTRAR, UN BEBÉ…

Gabriela Warkentin[1]

Cuando estalló, el caballo se placeaba a sus anchas. Y cuando intentaron secuestrarlo, el bebé se arrullaba en brazos de quien podríamos suponer su madre. Los dos, con la tranquilidad que dan la ignorancia, o la inocencia, o ambas.

La noticia que recuerdo con más claridad es de hace varios años: un caballo cargado de explosivos estalla en la plaza central de Chita, al noroeste colombiano, justo el día y la hora de mercado. Murieron varias personas y otras tantas resultaron heridas. Lo que me impresionó entonces, y ahora, no fueron tanto las muertes humanas; a ésas ya nos estábamos acostumbrando por inevitables, o porque nos hemos vuelto cínicos. No podía dejar de pensar en el caballo, que sin saberlo pasó de simple equino a explosivo andante. Cuando comentaba la nota con algún conocido, no faltó quien me aleccionaba sobre las tácticas de guerra y me decía que esto del caballo ya se había hecho en otros lugares, y con “resultados más sangrientos”. No pude entonces expresar que algo está muy jodido, cuando aceptamos que un caballo se convierta en bomba, a pesar del caballo y porque podemos hacerlo.

“Si cuando te están torturando, te golpean contra un refrigerador, nunca podrás volver a ver un refrigerador igual: se habrá convertido en arma, en miedo, en cualquier otra cosa”, recordaba de alguna lectura de mis años universitarios, cuando revisaba los testimonios de sobrevivientes a secuestros y torturas en regímenes totalitarios. El refrigerador nunca volvería a ser un refrigerador, y para los pobladores de Chita (y para quienes supimos de la nota), un caballo nunca volvería a ser un caballo.

Ahora al bebé. Hace unos días, un amigo fue a cenar al sureño barrio de San Ángel, en la capital del país. Cuando salió del convite, apenas pasaba de la medianoche, subió al carro. Al arrancar vio que unos tipos se le echaban encima y gritaban que les abriera la puerta. Como no es la primera vez que enfrenta la inseguridad urbana (ya son dos secuestros exprés en su hoja de vida), decidió meter el acelerador y escapar.

Los que conocemos el barrio de San Ángel, sabemos que uno de sus atractivos son sus callejones, plazoletas y empedrados: perfectos para echar novio, comer helado, un elote tal vez, caminar, seguir echando novio; para recordar, pues, que la Ciudad también puede ser bonita. Pero si lo que quieres es escapar, esos mismos callejones, plazoletas y empedrados se convierten en una trampa casi letal. Aún así, mi amigo logró escabullirse, mientras veía por el retrovisor a los tipos correr y gritar. Hasta ahí todo parecía normal, un intento de asalto o secuestro más. De pronto, frente a él, en medio de dos autos aparcados que reducían aún más el paso para circular, tres mujeres, jóvenes, recias, tomadas de la mano. Una de ellas con un bebé en el brazo, o un bulto como si fuera un bebé. La lógica era evidente: “no te atreverás a atropellar a tres mujeres, y menos a una que carga un bebé”. Mi amigo cuenta que la parálisis fue inmediata, el shock ante lo indecible. Pero también su determinación: arrancó, les echó el carro encima mientras ellas brincaban hacia los lados (una de las mujeres alcanzó a golpear con fuerza la ventana del conductor, con una especie de bujía o una piedra o la culata). De San Ángel a su casa, casi del otro lado de la ciudad, mi amigo llegó en unos minutos. O así lo sintió. Y vino la resaca, ese miedo que se te instala, que te quita el sueño, que activa un temblor estúpido en todo el cuerpo. Esa conciencia de que pudiste haber atropellado a tres mujeres, y a un bebé. A tres mujeres, un bebé y otros tres tipos que querían secuestrarte o asaltarte o ambos.

Algo se está pudriendo ya no en Dinamarca, sino en nuestra esencia, cuando se prostituyen la inocencia y la ignorancia a tal grado. El refrigerador no volverá a serlo, el caballo no volverá a serlo, y el bebé, para los que vivimos en el D.F., es ya elemento escénico de la delincuencia. Y sí, terminaremos por echarle el carro encima. Ni modo.


[1] Directora del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y de la estación de radio ibero 90.9 fm, conductora de programas de radio y TV, curiosa profesional.

Acerca de rickzamo

Locutor, bebedor, admirador, productor, creador, tenedor.

4 Respuestas a “Ecos del intento de asalto.

  1. Alejandra ⋅

    Muy buen texto para una situación tan triste y cotidiana de nuestro Distrito Federal.

    Sí, algo se pudre en el país. Pero es imposible movernos contra una gran bola de corrupción, malos gobiernos y protección a delincuentes que crece como una pelota de nieve caricaturesca bajando por una pendiente.

    Lo que sigue es un natural proceso de adaptación. Continuar acostumbrándonos a escuchar las historias más insólitas que parecen salir de un guión hollywoodesco sobre secuestros, robos, abusos.

    No queda de otra porque, por el momento, a mi D.F. con todo y su delincuencia no lo cambio por nada.

    Saludos.

  2. Iván

    Survival of the fittest. Comer o ser comido. Todos somos animales, unos más que otros.

  3. pepe050590 ⋅

    Que fuerte lo que escribió en el Universal, en base a esto nos empezamos a cuestionar de muchas cosas y una de ellas es que ya estamos hartos de tanta impunidad, corrupción y demás términos pútridos, ya que la sociedad esta enferma, mientras tanto el gobierno se cruza de manos y le importa una chi”&#/$ lo que le ocurra al pueblo.

    Con tanto trabajo que las personas sudan “la gota gorda” para poder obtener cosas para ellos mismos y sin mas llegan unos tipos en menos de unos minutos y se apoderan de ello, aunque sabeos que lo material se puede recuperar, pero el miedo que estos !#&?#$ te infunden, nadie te lo quitará.

    Es hora de actuar pero mientras el gobierno no quiera hacer algo….será entonces que la justicia debe comenzar a tomarse por los ciudadanos( con esto no estoy diciendo que se llegue al extremo de lo ocurrido en Tláuac Haya por el 2004).

    Para finalizar mi querido Lic. Zamora le digo que estamos con usted y lo apoyamos, ya basta de tanta corrupción y de vivir con miedo.

  4. CyberGus

    Me asombra mucho el comentario de Alejandra… es algo así como: “el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe a gloria”.

    Ya sabemos que el DF es muy peligroso, también que no es la única ciudad, de la misma forma que cierto tipo de auto, de ropa y de lugares, como Sn Angel, son targets de asaltos, más que evidente por el nivel social.

    Si somos mexicanos que vivimos en un país de extremos, si nos gusta vivir en una ciudad peligrosa y de paso no hacemos ninguna acción concreta por cambiar eso… no sería sorprendente, en serio, que el día de mañana nos suelte un balazo un chico de 12 años… a consecuencia de no poder obtener suficiente para su droga.

    Los mexicanos tienen el gobierno que se merecen… y la realidad que se merecen.

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