mj-homer

Estoy en una lancha rápida recorriendo la laguna de Coyuca en Acapulco como parte de una escapada de fin de semana. Después de escuchar una predecible selección de cortes ochenteros, nuestro capitán reproduce un par de canciones de Michael Jackson.

Obvio, desde su muerte el pasado jueves jamás sonarán igual.

Intento separar su aportación a la música del período autodestructivo que terminó por aniquilarlo a los 50 años.

Tras una rápida revisión mental decido quedarme con ABC, algunas canciones del Off The Wall y los discos que le produjo Quincy Jones (Thriller y Bad). El resto, creo, es un desfile de canciones irregulares que abusa de los recursos digitales de estudio. De sus últimos discos me quedo sólamente con un par de temas (In The Closet y Scream).

La caída de Jackson fue terriblemente costoza en todos los sentidos. El escándalo de su presunto abuso de menores volvió millonarios a abogados y a padres de familia. Su idealismo racial se alimentó del accidente que sufrió cuando grababa un comercial de televisión  y  lo convirtió un deforme adicto a la cirugía plástica.

Esa inseguridad crónica lo hizo refugiarse en los niños y perder el control. Su sensibilidad a flor de piel, que en algún momento lo llevó a realizar proyectos con Spielberg, Lucas o Paul McCartney, ahora lo obligaba a contratar productores millonarios con el fin de recuperar su credibilidad en las calles y seguir siendo vigente.

Nunca más lo logró. Sus discos se convirtieron en proyectos incosteables.

Para mi generación Jackson pasó de ser un genio musical a un monstruo patético. Un frágil Liberace víctima de su talento que había saturado a la gente con su éxito mediático. Pero para su familia, el cantante se convirtió en un hombre débil y descorazonado. Y eso es increíblemente peligroso en un medio donde existe tanto dinero y tantos depredadores.

La fortuna y poder de Jackson se convirtieron en magneto de charlatanes de todo tipo que buscaban quitarle hasta el último dólar.

Decidió entonces crear una familia, primero con la caprichosa hija de su ídolo Elvis Presley  y después con una enfermera. Ambos fueron terribles errores.

Su familia y sus musas (Diana Ross y Elizabeth Taylor) lamentaban que cada vez que se mencionara su nombre ocurriera una tragedia. Jackson terminó por autoexiliarse al Medio Oriente (Bahrain) invitado por el Sheik Abdullah bin Hamad al Khalifa. Un multimillonario fanático del cantante.

Pero al tiempo que era el blanco de miles de burlas también resultaba ser el único hombre capaz de provocar a las multitudes como alguna vez lo hiciera Sinatra, Elvis o The Beatles. Tenía una conexión muy particular con la gente. Seguía llenando estadios y eso pretendía hacer este año. Las cosas no salieron como lo planeaba.

El domingo los Simpsons sustituyeron su broma de sillón (entrada del programa) con el video de “Do the Bartman”. Querían retransmitir el episodio donde aparece un loco (Leon Kompowski) que creía ser el cantante (interpretado en voz por el verdadero Jackson) pero por limitaciones comerciales (el episodio forma parte de un paquete de repeticiones previamente programadas por la cadena FOX) tuvieron que conformarse con transmitir el clip de esta canción que fue compuesta en colaboración con el fallecido cantante.

Aún cuando Jackson ya no era el artista más importante del mundo su participación en el programa fue refrescante. Hoy sigue siendo uno de los mejores programas de la serie más longeva en la historia de la televisión.

Ayuda a recordar que, antes que cualquier otra cosa, Michael Jackson era un ser humano y un artista… y que tenía una gran canción de cumpleaños para Lisa.